24 de diciembre de 2007

UN OLVIDO QUE MATA

En el marco de nuestras actividades de voluntariado y solidaridad, los jóvenes de la “Fundación Italiana Insieme” visitamos el “Hogar de Ancianas Nuestra Señora de las Mercedes”. El encuentro fue fijado a las 16.30 del día sábado 19 de noviembre, siendo esta una oportunidad de acercamiento al hogar y una ocasión para compartir y conocer las dieciocho señoras que viven actualmente en la casa de reposo.
Con cierto nerviosismo y emoción nos presentamos a la hora establecida, conscientes que en este encuentro se gestarían las bases de lo que nosotros anhelamos sea una extensa y efectiva labor social. Fuimos acogidos amablemente por la “pequeña” señora Gabriela, quien además no ayudó a preparar la once, repartiendo pan, galletas y torta entre las señoras que poco a la vez iban llegado al comedor. Ella misma nos informó que varias señoras estaban enfermas en la cama debido a una indigestión causada por el almuerzo del día anterior.
Hablamos con la encargada, la señora Rosa, para que nos fuera permitido visitarlas y llevarles algo en sus habitaciones. Finalmente decidimos que debíamos ser solo mujeres las que irían a las piezas, dejando los jóvenes con las señoras en el comedor. Evitando así, que las enfermas se pudieran sentir incomodas ante una presencia masculina en la intimidad de sus habitaciones.
Por su parte las señoras que llegaron al comedor, conversaron, se rieron y cantaron con los jóvenes que para la ocasión habían preparado varias canciones populares como “Yo vendo unos ojos negros”, “Cielito lindo”, “Si vas para Chile”, etc. Canciones que todas ellas conocían y no dudaron en cantar. Incluso hubo quien quiso bailar, mientras las otras aplaudían entusiastas.
Muy distinto fue el encuentro con las señoras enfermas, situación que nos permitió observar y constatar la soledad en la que viven estas madres, abuelas, tías y madrinas, cuyos hijos, nietos, sobrinos y ahijados parecen haber olvidado.
La señora Greta nos recibió con una gran sonrisa a pesar de estar en la cama. Nos contó que a ella le decían “la regalona”. ¿Por qué? Le preguntamos y orgullosa nos contó “así me dicen porque mis hijos me vienen a ver una vez al mes, ¡a las demás no las visitan tan seguido!”. Era evidente que se sentía feliz por “tanta consideración”, frente a lo cual lo mejor fue alegrarse junto a ella, avalando su ingrata ilusión.
Conversar con la señora Wanda fue más complicado. Se limitó a agradecer los obsequios con la puerta medio abierta y sin dejarnos pasar. No insistimos y seguimos en nuestra “ronda de visitas”.
Luego conversamos con la señora Alicia, quien habló peste de todas las personas de la pensión. Parecía estar enojada con el mundo entero, sin embargo en sus arrebatos de rabia nunca mencionó a sus hijos. Cuando finalmente nos habló de ellos sus palabras fueron solo de cariño y admiración, “son todos unos profesionales de éxito y con mucho dinero”, nos dijo enfatizando lo de “mucho dinero”. Sin embargo, su habitación no reflejaba la opulencia de la cual hablaba (y en general el hogar no es para gente adinerada): una cama estrecha, un ropero en malas condiciones, una estufa a gas y un pequeño televisor parecen ser toda “su riqueza”. Volviendo a su “pelambre”, la señora Alicia nos cuenta que “la Wanda se cree de sangre azul, desde que llegó no ha querido hablar con nadie. Espera que las demás salgan para ir al comedor y se levanta temprano para usar la lavadora (común) antes de las demás y para no tener que compartir con nadie. ¡Está loca!” sentencia, mirando hacia la habitación que permanece herméticamente cerrada.
Más adelante conocemos a la señora Gladys, que es la más viejita y está muy enferma. Apenas puede hablar, pero nos cuenta que ayer en la noche la llevaron a la Posta Central porque estuvo realmente mal. Le preguntamos si avisaron a sus parientes. Suspira, y levantando los hombros con el esfuerzo de quien lleva un gran peso en sus frágiles espaldas, murmura “¡no están niahí conmigo!”.
Al terminar nuestra ronda volvemos al comedor, aquí se respira una gran alegría. Las señoras no dejan de cantar junto a los jóvenes. Pero yo pienso en la señora Wanda y vuelvo hacia su habitación. Está abierta, pero ella no está. La busco. Finalmente la encuentro sentada en el patio, dándole de comer a unos gatos. Al verme, prontamente exclama “aquí nadie le da de comer a estos pobres. No sé que va ser de ellos cuando me vaya. Porque yo estoy aquí “de pasadita”. Mi hijo se fue a Buenos Aires y va a venir por mí en unos días. Se fue antes con su esposa para preparar todo. Los niños también se fueron. Quedo solo yo”. Me acerco. Y ella prosigue “él sabe que yo soy exigente, entonces quiere que esté todo listo y perfecto para cuando yo llegue. Todo listo” repite una y otra vez “todo listo”. Luego me agradece el dulce que le entregamos anteriormente y se despide.
Los demás me buscan, es hora de irnos. Le cuento a la señora Rosa mi conversación con la señora Wanda. “Tu y yo somos las únicas con las que ha hablado. Y conmigo tuvo que hacerlo por ser la encargada del hogar” me dice. Luego agrega “en cuanto a lo de su hijo es más de un año que dice lo mismo. Su hermana que la viene a ver de vez en cuando me dijo que el hijo se fue a Buenos Aires hace más de siete años y nunca ha escrito”.
Las señoras que entusiastas compartieron con nosotros en el comedor, al despedirnos parecen haber perdido toda la alegría de antes. Se despiden y cada cual se retira en su habitación.
Al salir del hogar, caminamos por varias cuadras en silencio. “Soy la regalona. Mis hijos me vienen a ver una vez al mes...”; “Son todos unos profesionales de éxito y con mucho dinero”; “¡No están niahí conmigo!”; “Mi hijo se fue a Buenos Aires y va a venir por mí en unos días...”. Lo que había escuchado esa tarde en el hogar volvía una y otra vez a mi mente, mientras caminaba hacia el bullicio de centro capitalino. Un bullicio ajeno al silencio de esas habitaciones, un bullicio que te hace olvidar. Y sin saberlo eres cómplice de la indiferencia, del abandono, de un olvido que mata.

24 de noviembre de 2007

¡VERÁS QUE TODO ES MENTIRA!

Crecí en Italia, lejos de mi país de origen. En una familia que anhelando el regreso supo crear para mi generación una imagen irreal de una tierra tan lejana como ajena. “Nuestro Chilito lindo” repetía una y otra vez mi abuela, “es un país de poetas, ¡es la tierra de Pablo Neruda, nuestro orgullo nacional!”. Chile aparecía frente a mis ojos como un Paraíso: con Arica la ciudad de la “eterna primavera”, el hermoso Puerto de Valparaíso, los espectaculares lagos del sur, la cordillera, pero sobre todo su gente. En Chile no existe el racismo europeo ni alguna forma de xenofobia. Los chilenos son alegres, generosos y sinceros, me decían, mientras aun antes de las clásicas rondas infantiles me enseñaban a cantar “Chile, Chile lindo...”.Finalmente el anhelado retorno se hizo realidad, con la triste consecuencia de descubrir que todo era mentira.
Que Chile es bello, nadie puede dudarlo. La maravillosa cordillera nos sorprende y acoge desde lo alto mientras el avión se acerca al suelo chileno. Valparaíso fue declarada “patrimonio de la humanidad” y los lagos del sur siguen siendo la meta de muchos turistas en todo el mundo. Sí, Chile es lindo. Pero su gente ha sido una gran desilusión. ¿Alegres? ¿Generosos? ¿Sinceros? ... “¡Verás que todo es mentira!” (como dice el tango).
Mienten militares y políticos negando evidencias históricas. Mienten jueces, sacerdotes y Jefes de Estado. Y aun cuando la mentira es evidente, todo sigue igual. El “dictador perseguido” por jueces europeos, regresa a Chile en silla de ruedas, pero al bajar del avión se produce el milagro: se levanta y ¡camina!. “Se le juzgará en Chile”, afirmó el Mandatario de entonces, pero han pasado años y él sigue “enfermo”. ¡Pobrecito!
Y la mentira persiste, llegando a ser una forma de vida, un mecanismo de supervivencia, un ejemplo de resistencia. Y resisten los hijos del dictador al verse involucrados en cuentas bancarias poco claras. Resiste el poder militar frente a la tragedia de Antuco. Nadie es culpable. Todos son inocentes. Inocente resultó ser un político acusado de abuso sexual. La principal testigo se desmiente una y otra vez. Para finalmente admitir que fue toda una mentira. Lo que nos pareció real resultó ser falso, ¿será que lo falso es nuestra realidad? Así parece ser. Chile es un “paraíso de mentiras”, que abarca todos los ámbitos de una sociedad que defiende los “valores” de la familia, que se opone al divorcio, al aborto (aunque se trate de un caso extremo de aborto terapéutico) y a la educación sexual en los colegios. Una sociedad que cree que nuestro ideal de belleza femenina son las rubias animadoras de televisión, que aun confía que podamos ganar el mundial de football y que celebra Halloween como una fiesta tradicional criolla.
Somos un país de mentirosos, pero quizás lo más preocupante es que somos un pueblo que se miente a si mismo. No somos capaces de aceptar las cosas como son. Negamos la evidencia, no tenemos la fortaleza de admitir nuestros errores y de cambiar el rumbo de nuestras vidas. La generosidad chilena se pierde detrás del “sueño americano” de tener la casa propia, uno o dos autos, casa en la playa y todos los electrodomésticos que existan en el mercado, hasta los más inútiles. Toda la familia ahorra para lograr el deseado “status”, una meta que vale cualquier “sacrificio”. Ya no existe orgullo ni vergüenza. Al ser invitados a una casa se llega con las manos vacías, para un cumpleaños no se da más de 500 pesos para el regalo (y si dan para la torta no tienen para el regalo), siempre piden prestado para pagar la micro y después se hacen “los lesos”. Sin embargo, a veces no basta tanto sacrificio y no se logra comprar todo lo que se desea, entonces se cae en la depresión. Un mal oscuro que parece haber borrado la alegría chilena de la cual tanto se me habló en mi niñez. Fármacos para dormir, para la ansiedad, para la depresión, para adelgazar y psicoterapias parecen ser la solución.
Mientras tanto en nuestro día a día seguimos mintiendo. Mantener las apariencias es lo más importante. Porque nadie debe dudar de nuestra “normalidad” nacional. Somos chilenos. Y seguimos mintiendo. Para que hablar de racismo. “Y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero...” dice una conocida canción, que describe un país de grande y generosa acogida hacia el extranjero. ¡Mentira! Basta escuchar las trágicas declaraciones de cientos de refugiados que han escogido Chile como tierra de salvación. Vienen de Colombia, Cuba o de países lejanos como Ruanda y Afganistán. Pero la mayoría son peruanos, país frente al cual siempre nos hemos sentido superiores. Se dice que es una “herencia histórica”, pero estoy segura que muchos ni saben de la Guerra del Pacifico y andan por la vida insultando al pueblo peruano, en virtud de un absurdo nacionalismo que sólo refleja las frustraciones de un país que vive de mentiras.
Hoy, el “Chile lindo” de la canción parece ser una utopía. Un cuento, una leyenda, un recuerdo y una esperanza para tantos chilenos que aun viven lejos de su país. Y que también siguen mintiendo.

24 de octubre de 2007

PÁNICO Y MISTERIO EN LA TORRE 23

Entre sueño, sentí la voz de mi madre que me exhortaba a levantarme. Una y otra vez. Me encogí en el calor de las sabanas, cubriendo con ellas mi cabeza. Mi madre insistió. Pero yo tenia demasiado sueño. Como si hubiera dormido solo un par de horas. Ignorando todo llamado de consciencia acerca de mis deberes universitarios de esa mañana, mi cuerpo no lograba abandonar su confortable refugio nocturno. Sin embargo, había algo extraño en la voz de mi madre. No era como siempre. Por mi parte, a cada llamado, iba agregando más barreras en mi “pequeño iglú” de sabanas, frazadas, almohadones y peluches. De pronto, escuché la palabra clave, “incendio”. Abrí los ojos y agudicé mi olfato. Efectivamente, había un olor raro en el aire. Luego escuché un grito ajeno venir desde lejos. “¡Se está incendiando el piso nueve!”, decía. “Debe ser la señora de abajo a quien siempre se le queman los mangos de las ollas. Esta gente es tan alharaca”, pensé. Y volví a cerrar los ojos. Tratando retomar el sueño. Pero un nuevo llamado, esta vez cercano a mí, terminaría por agotar mi inconsciente resistencia. “Rebeca, levántate y vístete”, me dijo mi hermano con tono serio y cortante. No parecía estar bromeando.
Finalmente salí de mi caparazón. Bostezando, abrí los ojos. Pero nada. Una extraña neblina impedía mi visón. Unos cuantos segundos bastaron para darme cuenta que esto no era efecto de mi cansancio, era humo. Mucho humo. Pablo, mi hermano, ya estaba vestido. Con la chaqueta a medio poner y el celular en mano, abrió las ventanas de par en par, dejando entrar un aire gélido que acabó definitivamente con todo mi sueño. Miré la hora, eran las tres de la madrugada. “¡Vístete!”, insistió Pablo y luego salió de la pieza.
Me asomé por el pasillo que estaba aun más lleno de humo. Mi madre permanecía en la puerta de calle, junto a varios vecinos. Eran muchas voces hablando al unísono. Voces agitadas. Cuyas acotaciones empezaban a inquietarme.
Tomé lo que estaba más a mano. Unos jeans, una polera, una chaqueta gruesa, las zapatillas y mis anteojos. El sonido de una sirena alivió mi inquietud. “Ya llegaron los bomberos”, pensé. Pero los comentarios seguían. Me acerque a la puerta. Mi madre aun estaba en bata, como también muchos vecinos.
Pablo había abierto todas las ventanas, lo que logró reducir en parte la nebulosa de humo que minuto a minuto parecía crecer. Ciertamente había sido un error abrir la puerta. Y aun más, mantenerla en este estado. Lo aprendido en el “Curso Municipal de Psicología de la Emergencia”, en el que todos (los de la Torre) participamos, ahora parecía olvidado. Ahí, estaban “los alumnos”. Sin vestirse, gritando, asomándose por las escaleras (algunos hasta bajaron para ver el incendio más de cerca) y respirando humo. Tosían, cada vez más, pero permanecían en el lugar.
“¡Mamá, entra! Ven a vestirte”, grité desde la puerta. Esta vez, era ella quien parecía no escucharme. Los comentarios de la gente hablaban de un incendio en el piso nueve (nosotros estamos en el quince). Todo parecía haberse originado en el chat de la basura.
“¿Y Pablo?”, pregunté al no verlo por ningún lado. En ese mismo instante, apareció en las escaleras. Venía desde abajo con una toalla húmeda en la boca. Todos lo miraban como esperando una sentencia de su parte. Pero no hubo sentencia, solo un consejo práctico (lo que finalmente también era un tipo de sentencia). “¡Vuelvan a sus departamentos, pongan toallas mojadas bajo la puerta y abran las ventanas!” Su firmeza y seriedad, logró la dispersión de esa ruidosa, inútil y peligrosa aglomeración que se había formado en el entre piso. Cuyos gritos y comentarios habían logrado agitarme.
Corrí a mojar varias toallas. Y pensé que la opción de permanecer en nuestros hogares, solo podía significar que el incendio no era menor. Todo esto parecía ser un sueño. O más bien una pesadilla. Sin embargo, estaba despierta. A pesar de la hora, ¡estaba despierta!
“¿Qué esperas? ¡Pone las toallas bajo la puerta!” me gritó mi hermano. Visto y considerado, que permanecía quieta a mitad del pasillo con las toallas en la mano. Un extraño sopor se había apoderado de mí. Me movía como zombi. No lograba acelerar mis actos y no entendía porque. Ahora sé, que esa actitud incoherente respondía a un sentimiento interior que minuto a minuto aumentaba dentro de mí. Era miedo.
Obedecía las instrucciones de mi hermano mecánicamente. Con una calma aparente que chocaba con la fría racionalidad de Pablo (será porque es médico) y la evidente agitación de mi madre. Quien aun a medio vestir corría de un lado a otro, buscando no sé que. Atropellando muebles y botando objetos por donde pasaba. Ambas ignorábamos la magnitud del incendio. Solo mi hermano lo había visto, pero no nos dijo nada. Solo cumplía con las lógicas precauciones que también nosotros conocíamos “teóricamente”. El problema era poner en práctica aquel conocimiento.
“¡Y pensar que con mi madre, fuimos una de las mejores alumnas en el curso de Psicología de la Emergencia!”, pensé. Y esto produjo una cierta risa de mi parte, que llamó la atención de los demás. Sus miradas sorprendidas, lejos de interrumpir mi risa, parecían aumentar su intensidad. Luego, mi mamá me abrazó. Y poco la vez, mi risa se fue sosegando. Ahora, solo teníamos que esperar.
De pronto, sentimos la voz de un bombero que golpeando las puertas piso a piso, nos informaba que el incendio había sido apagado. Nos miramos aliviados. Mi hermano abrió la puerta con cuidado. Y poco a la vez se formó una nueva aglomeración, está vez más tranquila. Sin embargo, la calma duró solo unos cuantos minutos. Desde abajo una voz amplificada por el uso de un megáfono, nos incitaba a bajar.
“¡Hay que evacuar la torre!”, repetía un bombero, en cada piso, sin más explicación. “¿Porque si está todo apagado?”, fue la pregunta unánime de los vecinos. Su respuesta fue aun más inquietante que el mismo incendio. “El siniestro fue intencional. Hay un “loco” dando vuelta. Y creemos que aun está en la torre. Podría provocar otro incendio. ¡Por lo tanto es mejor salir!” En ese mismo momento, la luz se cortó en todo el edificio.
“¿Y ahora? ¿Qué pasa?”, preguntó alguien con voz afligida. “Es para evitar que el “tipo” se mueva con facilidad”, explicó al parecer el mismo bombero. “Busquen linternas y bajen con calma” dijo. Luego el silencio. Y la oscuridad total.
“¿Dónde está la linterna?”, preguntó mi madre. “Está mala”, respondí. “¿Y cómo vamos a bajar 15 pisos a oscuras?” exclamó agitada mi madre. “No importa. ¡Vamos!”, dijo mi hermano. A punto de salir, recordé que tenía una linterna pequeñita (en realidad era un llavero). Regresé a mi pieza y busque la dichosa linterna. Todo lo hice con mucha tranquilidad. Un nuevo sopor, aun más intenso y agobiante gobernaba mis actos.
Salimos. Y junto a una larga “procesión” de voces sin rostros, empezamos a bajar cuidadosamente. Yo iba adelante, tratando de iluminar lo que fuera posible. Mi madre, sostenida por mi hermano, bajaba con paso incierto. Varios se apegaron a nosotros, atraídos por la pequeña fuente de luz. Mientras tanto, una frase rondaba insistentemente en mi cabeza. “¡Esto no puede sucederme a mí!”, pensaba. Y esta absurda certeza bastaba para tranquilizarme por algunos instantes.
La inexplicable capacidad de todo ser humano de sentirse por encima de las calamidades, (que siempre son ajenas, lejanas o pura ficción cinematográfica), es lo que logró en mí, un cierto grado de calma al iniciar ese descenso. Sin embargo, el camino por recorrer era largo. Casi infinito. Los 15 pisos parecían haberse triplicado.
Al llegar al piso nueve, donde había sido el incendio, lógicamente no logré a ver nada (y creo que ese momento fue mejor así), pero sentía que estaba pisando tierra y cenizas.
Como siempre sucede en estos casos, la gente estando en grupo se contagia mutuamente sus temores. El miedo se apodera de la masa. Y va creciendo como una bola de nieve alimentada por absurdas conjeturas y arranques de pánico. Bastó que alguien dijera que había visto un tipo raro en el chat del gas, para que alguien más, agregara la fatídica condena. “¡Es el pirómano, si hace algo con el gas va explotar todo!” Frente a esta amenaza latente, la gente empezó a acelerar el paso. Me atropellaron varias veces. Para no caer, me arrimé a la muralla sujetándome con fuerza. Sin darme cuenta, había apagado la linterna. La verdad es que ya no servía a mucho. La gente enceguecida por el miedo, no se percataba de la real y total oscuridad que la rodeaba.
Escuché la voz de mi madre que me llamaba. Al parecer, se habían adelantado sin darse cuenta. “Estoy bien, voy bajando”, respondí con un hilo de voz, ciertamente insuficiente para llegar a sus oídos. Sus voces se hicieron cada vez más lejanas. Y de un momento a otro, todo fue silencio y oscuridad entorno a mí.
Entonces, quise moverme. Pero no podía dar ni un paso. Estaba totalmente paralizada. No sentía mis piernas. Creo, que hasta encendí la linterna y apuntado hacia abajo quise cerciorarme que aun tenia las extremidades. Vi como temblaban. Y no podía detenerlas. Ni menos avanzar. Un bombero o un policía pasó a mi lado. Lo intuí por el ruidoso radiotransmisor que llevaba. Pero no me vio. Y yo no pude hablar.
Recordaba los comentarios de la gente. “¡El pirómano está aun en la torre! ¡Todo esto podría explotar de un momento a otro!”. Y yo no podía moverme.
Tal vez, fueron solo algunos minutos. O segundos. Pero para mí, fueron instantes interminables. Hasta que sentí alguien que me tomaba del brazo y con firmeza, casi arrastrándome, me llevaba hacia abajo. Unos cuantos pisos y una luz potente nos impactó de frente. Al salir del edificio, pude constatar que era mi hermano quien había regresado a buscarme. Mi madre nos esperaba a la salida.
Como hacia mucho frío, nos fuimos al auto que estaba a una cuadra. Me recosté en el asiento posterior. Y poco a la vez, fui recobrando la calma. Mientras tanto, mi hermano iba y venia. Nos contaba que habían llegado algunos periodistas. De Chilevisión y Mega, sino recuerdo mal. Mi madre sentada en el asiento delantero trataba de comunicarse por celular con mi tía, para pedirle hospitalidad por esa noche. No tenia ninguna intención de regresar al departamento. Escuchando sus voces me quedé dormida. Cansada, agotada después de tantas emociones fuertes.
Cuando desperté, ya íbamos camino a Ñuñoa, donde vive mi tía. Aquí, pasamos la noche. O mejor dicho la mañana. Al despertar aun no podía creer lo que había sucedido. Todo parecía haber sido una pesadilla. Pero no estaba en mi cama. Estaba en otra casa. Y esto confirmaba lo real de la noche anterior.
En los días siguientes, se hicieron varias reuniones de condominio. Efectivamente, teníamos un pirómano entre nosotros. Y hubo otros tentativos de incendio. Por suerte, nada tan grave como aquella noche. Se contrató un guardia que recorría los pisos de noche. Pero por varias semanas no se logró a atrapar al culpable. Después del pánico, el misterio. ¡Esto ya parecía un guión cinematográfico!
Finalmente, un mes después, se sorprendió en el acto a un joven del piso cuatro. Todos lo conocíamos. Era un muchacho tranquilo que cursaba el ultimo año de la Carrera de Derecho. Parecía, absolutamente normal. Sin embargo, tenía varios trastornos mentales. Motivo por el cual no se le pudo procesar. Los padres se lo llevaron de vuelta al sur. Y nunca más supimos de él.

24 de septiembre de 2007

RECUERDOS DE UN YO NO FUI

Noviembre, año 2000. Diez de la mañana. Un día asoleado, pero agradable. Adapto para mi primer paseo por las calles del centro capitalino, a unas pocas semanas de mi regreso a Chile. Mi prima acepta ser mi guía y risueña me dice “¡hoy conocerás las micros chilenas!” “¿Y, que?” pienso. Ciertamente no podía imaginar lo que me esperaba.
La primera sorpresa fue tener que subir por la puerta delantera, para pagar mi boleto al mismo conductor. Nada de maquinitas ni un “contralor” como estaba acostumbrada en Italia. “Bueno después de todo no parece una gran novedad”, me dije “estamos en otro país”. Luego al avanzar en busca de un lugar (asientos ya no quedaban), mi prima con tono perentorio me dice “afírmate”. Subvalorando su advertencia, no hago caso. “Afírmate” repite ella. La miro impaciente. “¡Pareces mi mamá!” exclamo sarcástica. Mi prima insiste, pero ya es tarde. La micro parte, sacudiéndome como muñeca de trapo. Y me encuentro en brazos de un señor anciano. Quien me mira con la generosa resignación de quien padece un dolor sin emitir queja alguna. Su “heroísmo” no aminora mi vergüenza, sobre todo porque no podía levantarme. La micro corría desenfrenada. “¿Qué es esto?” No sé bien si lo dije o lo pensé. Lo cierto es que trataba de alcanzar algo o alguien que me ayudara a liberar al pobre caballero de mi peso sobre sus frágiles rodillas. La mano de mi prima me puso de pié, en un precario equilibrio, pero siempre más digno que mi situación anterior. “¿Pero que es esto?” pregunto. “Es la micro, simplemente una micro!” sentencia mi improvisada pero sabia guía, cuyas advertencias no quise escuchar. No podía creerlo, ¡una micro echando carrera!. Sí, eso era: una carrera. Y no solo por la velocidad, sino por su manera de esquivar y superar otras micros, autos o cualquier cosa y persona que se pusiera en su camino.
Pero yo no me había subido a un “auto de formula 1”. No tenía casco ni cinturón de seguridad. Solo mis manos resbalosas por el sudor (no sé si por el calor o por el susto). Caí otras (¿o fueron más?) tres veces en las rodillas del mismo caballero, quien ya no emitía ningún sonido en respuesta a mis inútiles disculpas. Por suerte se liberó un asiento. No dudé en lanzarme sobre ese “bote salvavidas” que la vida me ofrecía. En este estado de aparente estabilidad, pude finalmente observar la variopinta decoración de este singular medio de transporte: vistosos artefactos colgando alrededor del conductor, además de adhesivos de todo tipo, desde esculturales niñas en bikini pasando por algún líder político para finalizar con la imagen de Santa Teresita de los Andes.
Y ni hablar de las puertas abiertas con varios escolares colgando. Se reían y bromeaban como si se tratara del juego más divertido de Fantasilandia. Y como último toque, la radio a todo volumen emite la canción del momento “Yo no fui” de Pedro Fernández. De esta forma, la canción mexicana se vuelve la banda sonora de mi primer acercamiento a la inconfundible idiosincrasia chilena. “¿Es siempre así?” le pregunto a mi prima que se entretiene observando mi asombro. “Esto no es nada, ¡deberías ver en la mañana temprano!” me dice.
Alguien quiere bajar por la puerta trasera. Grita, pero el conductor no escucha. Gritan todos, pero él no escucha ¿Y el timbre? Será este cordón que atraviesa la micro. Lo tiro. Pero no emite sonido. O tal vez si. Lo cierto es que con esa radio a todo volumen es imposible que escuche. Los gritos, desde el fondo se vuelven más insistentes. Llegan algunos garabatos. Pero el conductor parece obsesionado en su carrera. Un certero frenazo aquieta la animosidad de los pasajeros. Por algunos instantes se escucha solo la voz de Pedro Fernández con su “yo no fui”.
La pausa es breve, porque en ese momento sube un joven que grita palabras a gran velocidad que yo no entiendo. Pienso que se trata de un loco. Evito mirarlo. “¿Quieres un helado?” me pregunta mi prima. La miro con cara de “¿¡te parece el momento!?”. Con un gesto llama al chiquillo (¿el loquito?), mientras yo entiendo cada vez menos. Éste extrae unos helados de una caja de cartón y mi prima le pasa algunas monedas. Entiendo que era un simple vendedor de helados, pero ¿qué decía?” “Los sabores nada más, la variedad de helados que tiene: chirimoya, moracrema, chocolito, cremino, piñadoble etc.” me explica mientras yo recibo mi helado.
“Ya nos vamos a bajar” me dice. “Baja rápido apenas él frene porque parten altiro, sobre todo por que pagué con el pase escolar...”. No entiendo a que se refiere, pero esta vez obedezco y salgo lo más rápido posible de ese manicomio ambulante. Al tocar tierra firme, exclamo prontamente “¡no me subo más a una micro!” “Te vas acostumbrar” exclama con benevolencia mi prima
Dicho y echo. Será por la capacidad de adaptación que tiene todo ser humano. Pero de una u otra manera me acostumbré. Sin dejar de reclamar por lo cierto, después de todo soy chilena. Y como todos mis coterráneos siempre debo reclamar por algo.
Noviembre, año 2005. Diez de la mañana. Subo a una micro. Pero, ¿qué pasa? Logro caminar sin perder el equilibrio. El timbre funciona. Y el conductor no me miró feo porque pagué con el pase universitario. No puedo creerlo... ¡Es el Transantiago!
Los pasajeros se quejan de la lentitud y los pocos asientos. Mientras tanto yo recuerdo con nostalgia los vendedores de helados, confites, aspirinas, llaveros etc. ¿Es posible que todo esto desaparezca a partir del 2006?
El bullicio, los gritos para poder bajar por la puerta trasera, la música a todo volumen y esa velocidad que te hacia llegar rapidito (al cementerio dirían algunos malpensados). ¿Cómo voy a renunciar a los “pide monedas” con su clásico “damas y caballeros nuestra intención no es molestarlos...” ? Recuerdo mi banda sonora “Yo no fui”... Yo no fui quien reclamó. Yo nunca dije nada contra los choferes y sus carreras. Nooo. ¡ Yo no fui!

24 de agosto de 2007

LO VIVIDO SIEMPRE QUEDA

En un primer momento, creí que sería fácil relatar una despedida. Elegir una entre tantas. Recordar lugares, personas, etapas de una existencia que al igual que otras, está construida sobre la base de infinitos cambios, separaciones y despedidas.
Lejos de ser algo sencillo, recordar cada “borrón y cuenta nueva” implica volver a escribir sobre lo borrado. Volver a vivir lo aparentemente olvidado. Y darse cuenta que los “borrones” de la vida son siempre parciales. Y muy mal hechos. Todo lo vivido siempre queda. Nada se borra por completo.
Sin embargo, todos recordamos una o varias despedidas que han marcado nuestra vida. Seguros de que algo (o todo) cambió a partir de ese instante, nos esforzamos por mantener nexos (concretos o virtuales) con lo que pretendemos dejar atrás. Fotografías, boletos de tren, avión o incluso los de una micro. Titulares de diario y revistas. Una canción. Un perfume. O cierta ropa que ya no usamos, pero que guardamos como reliquia de valor incalculable. Es el valor del recuerdo.
Como todo rito humano, el despedirse conlleva sus propias contradicciones: la separación y el olvido por un lado y el recuerdo que agudiza los lazos afectivos, por el otro. Sin embargo, necesitamos despedirnos. Necesitamos interactuar una y otra vez en base a “guiones rituales” socialmente reconocidos. Muchas veces, el escenario es el mismo. También los actores se repiten. Pero un recuerdo nunca es igual a otro. Porque cada despedida con toda su carga emocional es única e irrepetible.
Así lo sentí ese 19 de octubre del año 2000. Día en el que, junto a mi madre subí al avión que me traería de regreso a Chile, después de casi veinte años. No fue una separación traumática. Todo se dio con la máxima tranquilidad de mi parte. Hecho que no dejaba de sorprender a las personas que me acompañaban, en los momentos previos a la partida.
La inamovible decisión de regresar a Chile, había provocado más de una fractura generacional en nuestra familia. Mi oposición siempre había sido total y sin derecho a apelaciones. Pero algo había cambiado en los últimos meses. Una serie de eventos dolorosos habían abatido mi irracional coraza defensiva. Y ahora estaba en el aeropuerto de Roma, decidida a dar un corte radical a mi existencia. Un real y total borrón y cuenta nueva. Al menos eso parecía ser. Pero no lo era. Como en el mejor de los ritos, estaba fingiendo.
Todos percibían ese viaje como algo definitivo. Como el “final” feliz de una larga y triste teleserie. Para mi madre así fue. Ese día, se cerraba un capitulo oscuro de su vida. Sin embargo, lloraba. Parecía no querer dejar aquello que por tantos años había despreciado. Ese era su propio rito. Su propia despedida. Sus propias emociones y contradicciones.
Por mi parte, todo eso era solo algo momentáneo. No deseaba dar vuelta la pagina. Italia era todo mi mundo. el único que conocía. Y no podía imaginar mi futuro en un lugar ajeno. Pese a esto, deseaba conocer la tierra que me vio nacer. Un par de años bastarían, para satisfacer mi curiosidad. No más. Luego regresaría a “mi país”, Italia.
Esta certeza inhibió toda posible emoción de mi parte. No supe valorar el momento. No supe interpretar mi papel, en ese rito único e irrepetible.
Hoy sé que aquel día de octubre, aun sin ser consciente de aquello, di vuelta la pagina.
No conservo “reliquias” de aquel día. Solo unas cuantas fotografías que me han enviado mis amigas desde Italia. No recuerdo una canción, ni un perfume especial. Todo resulta tan confuso como si fuera un sueño o la esforzada memoria de otra vida. Y tal vez eso fue, otra vida. De la cual sin embargo, nunca podré desprenderme por completo.
Es verdad que di vuelta la pagina. Pero siempre existe la opción de regresar, borrar y volver a empezar. Aun cuando, se trate de un borrado mal hecho o de un rito sin guión. Lo vivido siempre queda.
Porque imborrable, permanente y eterno, es el recuerdo que no admite despedidas.

24 de julio de 2007

PRESENTACIÓN

Hola,
agradezco a quien ya me ha dejado un mensaje e invito a los demás a dejar el suyo. He hecho varios cambios a nivel de fotos y por ahí me dijeron que talvez debería tener un fotolog. Lo haré, pero ahora quiero aprender bien a usar esto. Aún siendo de la generación de los 80/90, puedo aprender y SOLA.
Cuando me decidí a crear este blog, pensé que tenía tanto que decir y ahora no se me ocurre nada o mejor dicho se me ocurren muchas cosas, pero de repente surgió en mí un pudor absurdo (igual no voy a contar cosas tan intimas...).
Talvez lo primero sería presentarme más allá del perfil que encontrarán en esta pagina. Bueno, ya saben que nací el 22 de diciembre de 1975 en Santiago de Chile, pero luego (a los 5 años) me fui (o mejor dicho me llevaron) a Italia. Aquí, viví por 19 años regresando a Chile en el año 2000. Dos años después, entré a la Universidad de Chile a estudiar periodismo. Actualmente, trabajo en la Pagina Web de la Radio Universidad de Chile y realizo mi tesis para luego rendir el examen de titulo.
¿Qué más? Bueno hay mucho más, pero por el momento les informo que voy a subir algunos de mis escritos, espero que sean de vuestro agrado de no ser así busquen otro blog... ¡Jajaja!
Besos de
Rebeca

22 de julio de 2007

SALUDO

¡Hola!
Mi nombre es Rebeca y estás en mi blog. ¡Bienvenido/a!!!
Disculpen lo primitivo de esta pagina, pero aun estoy aprendiendo.
Dejen sus comentarios o sugerencias, porfis.
Besos de
Rebeca