Hace algunos días, llegó a mis manos una fotografía de Salvador Allende. Junto a él José Tohá, Carlos Prats, Augusto Pinochet, Bonilla y Benavides. El presidente Allende es la figura central, todas las miradas van hacia él. Pero la atención del mandatario está dirigida a los uniformados.
Trascendiendo la imagen y una fría descripción de sus protagonistas, no puedo dejar de lado mis emociones frente a esta foto, que mucho dice acerca de la actitud de aquellos hombres que marcaron nuestra historia más reciente. Tal vez seré muy subjetiva en mis reflexiones pero creo que todo objeto histórico asume un significado distinto según quién lo recibe y lo interpreta. Aún más, cuando se trata de un hecho que de una u otra manera ha marcado tu vida y la de tus seres queridos.
Las emociones que me provoca esta imagen de treinta años atrás son muchas y contradictorias. Siento tristeza, orgullo, admiración, decepción, vergüenza, miedo y rabia a la vez. Pero sobre todo respeto.
Tristeza al pensar que personajes como Allende, Prats y Tohá ya no estén en este mundo. Orgullo porque fueron chilenos como yo. Admiración porque murieron por sus ideales siendo coherentes con sus palabras y juramentos hechos frente a su pueblo. Decepción porque es justamente esta rectitud de palabras y actos lo que los llevó a la muerte.
Llego a pensar que en este mundo tan calculador, para poder sobrevivir es necesario olvidar absurdos ideales y orgullos nacionalistas. Solo un soñador como Allende puede enfrentarse con una potencia como EE.UU. buscando dignidad para nuestro “insignificante” país latinoamericano. Solo un hombre tan honrado y coherente en su actuar político puede confiar ciegamente en las fuerzas armadas. Y esta foto lo confirma. Su mirada de respeto y confianza hacia aquellos que ya están planificando una cobarde traición, nos muestra más que todo documento escrito o gravado su rectitud. No se trata de ingenuidad como muchos han dicho, más bien se trata de honradez en su estado más puro y limpio. Allende creía que todo hombre al igual que él se comportaría con la misma rectitud, aun más las fuerzas armadas que representaban el pueblo. Y si hay algo que Allende no hizo nunca, es dudar de su pueblo. Él respetaba y confiaba en sus antagonistas políticos, era un demócrata convencido y por lo tanto, ¿como hubiera podido dudar de aquellos que le prometían fidelidad?
Siento vergüenza al pensar que muchas veces en el mundo se asocie Chile con personajes siniestros como Pinochet. Aquí lo vemos. Impecable en su uniforme, mirando de frente y sin remordimientos a su próxima víctima. Siento miedo al pensar que la mentira y la traición se apoderaron de Chile, no solo a niveles gubernamentales sino en todos los ámbitos de nuestras vidas la gente se vio traicionada por los que un día antes habían comido en su mesa.
Siento rabia porque aun no se ha hecho justicia. Mucho se ha sabido pero demasiado queda por saber y aclarar. No basta con un “mea culpa” de puras palabras es necesario recuperar esa rectitud y coherencia entre las palabras y hechos, características propias de Allende y de muchos chilenos cuyo recuerdo jamás será olvidado.
Trascendiendo la imagen y una fría descripción de sus protagonistas, no puedo dejar de lado mis emociones frente a esta foto, que mucho dice acerca de la actitud de aquellos hombres que marcaron nuestra historia más reciente. Tal vez seré muy subjetiva en mis reflexiones pero creo que todo objeto histórico asume un significado distinto según quién lo recibe y lo interpreta. Aún más, cuando se trata de un hecho que de una u otra manera ha marcado tu vida y la de tus seres queridos.
Las emociones que me provoca esta imagen de treinta años atrás son muchas y contradictorias. Siento tristeza, orgullo, admiración, decepción, vergüenza, miedo y rabia a la vez. Pero sobre todo respeto.
Tristeza al pensar que personajes como Allende, Prats y Tohá ya no estén en este mundo. Orgullo porque fueron chilenos como yo. Admiración porque murieron por sus ideales siendo coherentes con sus palabras y juramentos hechos frente a su pueblo. Decepción porque es justamente esta rectitud de palabras y actos lo que los llevó a la muerte.
Llego a pensar que en este mundo tan calculador, para poder sobrevivir es necesario olvidar absurdos ideales y orgullos nacionalistas. Solo un soñador como Allende puede enfrentarse con una potencia como EE.UU. buscando dignidad para nuestro “insignificante” país latinoamericano. Solo un hombre tan honrado y coherente en su actuar político puede confiar ciegamente en las fuerzas armadas. Y esta foto lo confirma. Su mirada de respeto y confianza hacia aquellos que ya están planificando una cobarde traición, nos muestra más que todo documento escrito o gravado su rectitud. No se trata de ingenuidad como muchos han dicho, más bien se trata de honradez en su estado más puro y limpio. Allende creía que todo hombre al igual que él se comportaría con la misma rectitud, aun más las fuerzas armadas que representaban el pueblo. Y si hay algo que Allende no hizo nunca, es dudar de su pueblo. Él respetaba y confiaba en sus antagonistas políticos, era un demócrata convencido y por lo tanto, ¿como hubiera podido dudar de aquellos que le prometían fidelidad?
Siento vergüenza al pensar que muchas veces en el mundo se asocie Chile con personajes siniestros como Pinochet. Aquí lo vemos. Impecable en su uniforme, mirando de frente y sin remordimientos a su próxima víctima. Siento miedo al pensar que la mentira y la traición se apoderaron de Chile, no solo a niveles gubernamentales sino en todos los ámbitos de nuestras vidas la gente se vio traicionada por los que un día antes habían comido en su mesa.
Siento rabia porque aun no se ha hecho justicia. Mucho se ha sabido pero demasiado queda por saber y aclarar. No basta con un “mea culpa” de puras palabras es necesario recuperar esa rectitud y coherencia entre las palabras y hechos, características propias de Allende y de muchos chilenos cuyo recuerdo jamás será olvidado.
Se acercan los treinta años desde el golpe y esta foto produce en mi todo estas reflexiones pero más que nada respeto, porque a pesar de todo aun persisten esos ideales que hacen que jóvenes como yo que aún no nacíamos en ese entonces, piensen y se emocionen frente a esta imagen.