24 de noviembre de 2007

¡VERÁS QUE TODO ES MENTIRA!

Crecí en Italia, lejos de mi país de origen. En una familia que anhelando el regreso supo crear para mi generación una imagen irreal de una tierra tan lejana como ajena. “Nuestro Chilito lindo” repetía una y otra vez mi abuela, “es un país de poetas, ¡es la tierra de Pablo Neruda, nuestro orgullo nacional!”. Chile aparecía frente a mis ojos como un Paraíso: con Arica la ciudad de la “eterna primavera”, el hermoso Puerto de Valparaíso, los espectaculares lagos del sur, la cordillera, pero sobre todo su gente. En Chile no existe el racismo europeo ni alguna forma de xenofobia. Los chilenos son alegres, generosos y sinceros, me decían, mientras aun antes de las clásicas rondas infantiles me enseñaban a cantar “Chile, Chile lindo...”.Finalmente el anhelado retorno se hizo realidad, con la triste consecuencia de descubrir que todo era mentira.
Que Chile es bello, nadie puede dudarlo. La maravillosa cordillera nos sorprende y acoge desde lo alto mientras el avión se acerca al suelo chileno. Valparaíso fue declarada “patrimonio de la humanidad” y los lagos del sur siguen siendo la meta de muchos turistas en todo el mundo. Sí, Chile es lindo. Pero su gente ha sido una gran desilusión. ¿Alegres? ¿Generosos? ¿Sinceros? ... “¡Verás que todo es mentira!” (como dice el tango).
Mienten militares y políticos negando evidencias históricas. Mienten jueces, sacerdotes y Jefes de Estado. Y aun cuando la mentira es evidente, todo sigue igual. El “dictador perseguido” por jueces europeos, regresa a Chile en silla de ruedas, pero al bajar del avión se produce el milagro: se levanta y ¡camina!. “Se le juzgará en Chile”, afirmó el Mandatario de entonces, pero han pasado años y él sigue “enfermo”. ¡Pobrecito!
Y la mentira persiste, llegando a ser una forma de vida, un mecanismo de supervivencia, un ejemplo de resistencia. Y resisten los hijos del dictador al verse involucrados en cuentas bancarias poco claras. Resiste el poder militar frente a la tragedia de Antuco. Nadie es culpable. Todos son inocentes. Inocente resultó ser un político acusado de abuso sexual. La principal testigo se desmiente una y otra vez. Para finalmente admitir que fue toda una mentira. Lo que nos pareció real resultó ser falso, ¿será que lo falso es nuestra realidad? Así parece ser. Chile es un “paraíso de mentiras”, que abarca todos los ámbitos de una sociedad que defiende los “valores” de la familia, que se opone al divorcio, al aborto (aunque se trate de un caso extremo de aborto terapéutico) y a la educación sexual en los colegios. Una sociedad que cree que nuestro ideal de belleza femenina son las rubias animadoras de televisión, que aun confía que podamos ganar el mundial de football y que celebra Halloween como una fiesta tradicional criolla.
Somos un país de mentirosos, pero quizás lo más preocupante es que somos un pueblo que se miente a si mismo. No somos capaces de aceptar las cosas como son. Negamos la evidencia, no tenemos la fortaleza de admitir nuestros errores y de cambiar el rumbo de nuestras vidas. La generosidad chilena se pierde detrás del “sueño americano” de tener la casa propia, uno o dos autos, casa en la playa y todos los electrodomésticos que existan en el mercado, hasta los más inútiles. Toda la familia ahorra para lograr el deseado “status”, una meta que vale cualquier “sacrificio”. Ya no existe orgullo ni vergüenza. Al ser invitados a una casa se llega con las manos vacías, para un cumpleaños no se da más de 500 pesos para el regalo (y si dan para la torta no tienen para el regalo), siempre piden prestado para pagar la micro y después se hacen “los lesos”. Sin embargo, a veces no basta tanto sacrificio y no se logra comprar todo lo que se desea, entonces se cae en la depresión. Un mal oscuro que parece haber borrado la alegría chilena de la cual tanto se me habló en mi niñez. Fármacos para dormir, para la ansiedad, para la depresión, para adelgazar y psicoterapias parecen ser la solución.
Mientras tanto en nuestro día a día seguimos mintiendo. Mantener las apariencias es lo más importante. Porque nadie debe dudar de nuestra “normalidad” nacional. Somos chilenos. Y seguimos mintiendo. Para que hablar de racismo. “Y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero...” dice una conocida canción, que describe un país de grande y generosa acogida hacia el extranjero. ¡Mentira! Basta escuchar las trágicas declaraciones de cientos de refugiados que han escogido Chile como tierra de salvación. Vienen de Colombia, Cuba o de países lejanos como Ruanda y Afganistán. Pero la mayoría son peruanos, país frente al cual siempre nos hemos sentido superiores. Se dice que es una “herencia histórica”, pero estoy segura que muchos ni saben de la Guerra del Pacifico y andan por la vida insultando al pueblo peruano, en virtud de un absurdo nacionalismo que sólo refleja las frustraciones de un país que vive de mentiras.
Hoy, el “Chile lindo” de la canción parece ser una utopía. Un cuento, una leyenda, un recuerdo y una esperanza para tantos chilenos que aun viven lejos de su país. Y que también siguen mintiendo.