Entre sueño, sentí la voz de mi madre que me exhortaba a levantarme. Una y otra vez. Me encogí en el calor de las sabanas, cubriendo con ellas mi cabeza. Mi madre insistió. Pero yo tenia demasiado sueño. Como si hubiera dormido solo un par de horas. Ignorando todo llamado de consciencia acerca de mis deberes universitarios de esa mañana, mi cuerpo no lograba abandonar su confortable refugio nocturno. Sin embargo, había algo extraño en la voz de mi madre. No era como siempre. Por mi parte, a cada llamado, iba agregando más barreras en mi “pequeño iglú” de sabanas, frazadas, almohadones y peluches. De pronto, escuché la palabra clave, “incendio”. Abrí los ojos y agudicé mi olfato. Efectivamente, había un olor raro en el aire. Luego escuché un grito ajeno venir desde lejos. “¡Se está incendiando el piso nueve!”, decía. “Debe ser la señora de abajo a quien siempre se le queman los mangos de las ollas. Esta gente es tan alharaca”, pensé. Y volví a cerrar los ojos. Tratando retomar el sueño. Pero un nuevo llamado, esta vez cercano a mí, terminaría por agotar mi inconsciente resistencia. “Rebeca, levántate y vístete”, me dijo mi hermano con tono serio y cortante. No parecía estar bromeando.
Finalmente salí de mi caparazón. Bostezando, abrí los ojos. Pero nada. Una extraña neblina impedía mi visón. Unos cuantos segundos bastaron para darme cuenta que esto no era efecto de mi cansancio, era humo. Mucho humo. Pablo, mi hermano, ya estaba vestido. Con la chaqueta a medio poner y el celular en mano, abrió las ventanas de par en par, dejando entrar un aire gélido que acabó definitivamente con todo mi sueño. Miré la hora, eran las tres de la madrugada. “¡Vístete!”, insistió Pablo y luego salió de la pieza.
Me asomé por el pasillo que estaba aun más lleno de humo. Mi madre permanecía en la puerta de calle, junto a varios vecinos. Eran muchas voces hablando al unísono. Voces agitadas. Cuyas acotaciones empezaban a inquietarme.
Tomé lo que estaba más a mano. Unos jeans, una polera, una chaqueta gruesa, las zapatillas y mis anteojos. El sonido de una sirena alivió mi inquietud. “Ya llegaron los bomberos”, pensé. Pero los comentarios seguían. Me acerque a la puerta. Mi madre aun estaba en bata, como también muchos vecinos.
Pablo había abierto todas las ventanas, lo que logró reducir en parte la nebulosa de humo que minuto a minuto parecía crecer. Ciertamente había sido un error abrir la puerta. Y aun más, mantenerla en este estado. Lo aprendido en el “Curso Municipal de Psicología de la Emergencia”, en el que todos (los de la Torre) participamos, ahora parecía olvidado. Ahí, estaban “los alumnos”. Sin vestirse, gritando, asomándose por las escaleras (algunos hasta bajaron para ver el incendio más de cerca) y respirando humo. Tosían, cada vez más, pero permanecían en el lugar.
“¡Mamá, entra! Ven a vestirte”, grité desde la puerta. Esta vez, era ella quien parecía no escucharme. Los comentarios de la gente hablaban de un incendio en el piso nueve (nosotros estamos en el quince). Todo parecía haberse originado en el chat de la basura.
“¿Y Pablo?”, pregunté al no verlo por ningún lado. En ese mismo instante, apareció en las escaleras. Venía desde abajo con una toalla húmeda en la boca. Todos lo miraban como esperando una sentencia de su parte. Pero no hubo sentencia, solo un consejo práctico (lo que finalmente también era un tipo de sentencia). “¡Vuelvan a sus departamentos, pongan toallas mojadas bajo la puerta y abran las ventanas!” Su firmeza y seriedad, logró la dispersión de esa ruidosa, inútil y peligrosa aglomeración que se había formado en el entre piso. Cuyos gritos y comentarios habían logrado agitarme.
Corrí a mojar varias toallas. Y pensé que la opción de permanecer en nuestros hogares, solo podía significar que el incendio no era menor. Todo esto parecía ser un sueño. O más bien una pesadilla. Sin embargo, estaba despierta. A pesar de la hora, ¡estaba despierta!
“¿Qué esperas? ¡Pone las toallas bajo la puerta!” me gritó mi hermano. Visto y considerado, que permanecía quieta a mitad del pasillo con las toallas en la mano. Un extraño sopor se había apoderado de mí. Me movía como zombi. No lograba acelerar mis actos y no entendía porque. Ahora sé, que esa actitud incoherente respondía a un sentimiento interior que minuto a minuto aumentaba dentro de mí. Era miedo.
Obedecía las instrucciones de mi hermano mecánicamente. Con una calma aparente que chocaba con la fría racionalidad de Pablo (será porque es médico) y la evidente agitación de mi madre. Quien aun a medio vestir corría de un lado a otro, buscando no sé que. Atropellando muebles y botando objetos por donde pasaba. Ambas ignorábamos la magnitud del incendio. Solo mi hermano lo había visto, pero no nos dijo nada. Solo cumplía con las lógicas precauciones que también nosotros conocíamos “teóricamente”. El problema era poner en práctica aquel conocimiento.
“¡Y pensar que con mi madre, fuimos una de las mejores alumnas en el curso de Psicología de la Emergencia!”, pensé. Y esto produjo una cierta risa de mi parte, que llamó la atención de los demás. Sus miradas sorprendidas, lejos de interrumpir mi risa, parecían aumentar su intensidad. Luego, mi mamá me abrazó. Y poco la vez, mi risa se fue sosegando. Ahora, solo teníamos que esperar.
De pronto, sentimos la voz de un bombero que golpeando las puertas piso a piso, nos informaba que el incendio había sido apagado. Nos miramos aliviados. Mi hermano abrió la puerta con cuidado. Y poco a la vez se formó una nueva aglomeración, está vez más tranquila. Sin embargo, la calma duró solo unos cuantos minutos. Desde abajo una voz amplificada por el uso de un megáfono, nos incitaba a bajar.
“¡Hay que evacuar la torre!”, repetía un bombero, en cada piso, sin más explicación. “¿Porque si está todo apagado?”, fue la pregunta unánime de los vecinos. Su respuesta fue aun más inquietante que el mismo incendio. “El siniestro fue intencional. Hay un “loco” dando vuelta. Y creemos que aun está en la torre. Podría provocar otro incendio. ¡Por lo tanto es mejor salir!” En ese mismo momento, la luz se cortó en todo el edificio.
“¿Y ahora? ¿Qué pasa?”, preguntó alguien con voz afligida. “Es para evitar que el “tipo” se mueva con facilidad”, explicó al parecer el mismo bombero. “Busquen linternas y bajen con calma” dijo. Luego el silencio. Y la oscuridad total.
“¿Dónde está la linterna?”, preguntó mi madre. “Está mala”, respondí. “¿Y cómo vamos a bajar 15 pisos a oscuras?” exclamó agitada mi madre. “No importa. ¡Vamos!”, dijo mi hermano. A punto de salir, recordé que tenía una linterna pequeñita (en realidad era un llavero). Regresé a mi pieza y busque la dichosa linterna. Todo lo hice con mucha tranquilidad. Un nuevo sopor, aun más intenso y agobiante gobernaba mis actos.
Salimos. Y junto a una larga “procesión” de voces sin rostros, empezamos a bajar cuidadosamente. Yo iba adelante, tratando de iluminar lo que fuera posible. Mi madre, sostenida por mi hermano, bajaba con paso incierto. Varios se apegaron a nosotros, atraídos por la pequeña fuente de luz. Mientras tanto, una frase rondaba insistentemente en mi cabeza. “¡Esto no puede sucederme a mí!”, pensaba. Y esta absurda certeza bastaba para tranquilizarme por algunos instantes.
La inexplicable capacidad de todo ser humano de sentirse por encima de las calamidades, (que siempre son ajenas, lejanas o pura ficción cinematográfica), es lo que logró en mí, un cierto grado de calma al iniciar ese descenso. Sin embargo, el camino por recorrer era largo. Casi infinito. Los 15 pisos parecían haberse triplicado.
Al llegar al piso nueve, donde había sido el incendio, lógicamente no logré a ver nada (y creo que ese momento fue mejor así), pero sentía que estaba pisando tierra y cenizas.
Como siempre sucede en estos casos, la gente estando en grupo se contagia mutuamente sus temores. El miedo se apodera de la masa. Y va creciendo como una bola de nieve alimentada por absurdas conjeturas y arranques de pánico. Bastó que alguien dijera que había visto un tipo raro en el chat del gas, para que alguien más, agregara la fatídica condena. “¡Es el pirómano, si hace algo con el gas va explotar todo!” Frente a esta amenaza latente, la gente empezó a acelerar el paso. Me atropellaron varias veces. Para no caer, me arrimé a la muralla sujetándome con fuerza. Sin darme cuenta, había apagado la linterna. La verdad es que ya no servía a mucho. La gente enceguecida por el miedo, no se percataba de la real y total oscuridad que la rodeaba.
Escuché la voz de mi madre que me llamaba. Al parecer, se habían adelantado sin darse cuenta. “Estoy bien, voy bajando”, respondí con un hilo de voz, ciertamente insuficiente para llegar a sus oídos. Sus voces se hicieron cada vez más lejanas. Y de un momento a otro, todo fue silencio y oscuridad entorno a mí.
Entonces, quise moverme. Pero no podía dar ni un paso. Estaba totalmente paralizada. No sentía mis piernas. Creo, que hasta encendí la linterna y apuntado hacia abajo quise cerciorarme que aun tenia las extremidades. Vi como temblaban. Y no podía detenerlas. Ni menos avanzar. Un bombero o un policía pasó a mi lado. Lo intuí por el ruidoso radiotransmisor que llevaba. Pero no me vio. Y yo no pude hablar.
Recordaba los comentarios de la gente. “¡El pirómano está aun en la torre! ¡Todo esto podría explotar de un momento a otro!”. Y yo no podía moverme.
Tal vez, fueron solo algunos minutos. O segundos. Pero para mí, fueron instantes interminables. Hasta que sentí alguien que me tomaba del brazo y con firmeza, casi arrastrándome, me llevaba hacia abajo. Unos cuantos pisos y una luz potente nos impactó de frente. Al salir del edificio, pude constatar que era mi hermano quien había regresado a buscarme. Mi madre nos esperaba a la salida.
Como hacia mucho frío, nos fuimos al auto que estaba a una cuadra. Me recosté en el asiento posterior. Y poco a la vez, fui recobrando la calma. Mientras tanto, mi hermano iba y venia. Nos contaba que habían llegado algunos periodistas. De Chilevisión y Mega, sino recuerdo mal. Mi madre sentada en el asiento delantero trataba de comunicarse por celular con mi tía, para pedirle hospitalidad por esa noche. No tenia ninguna intención de regresar al departamento. Escuchando sus voces me quedé dormida. Cansada, agotada después de tantas emociones fuertes.
Cuando desperté, ya íbamos camino a Ñuñoa, donde vive mi tía. Aquí, pasamos la noche. O mejor dicho la mañana. Al despertar aun no podía creer lo que había sucedido. Todo parecía haber sido una pesadilla. Pero no estaba en mi cama. Estaba en otra casa. Y esto confirmaba lo real de la noche anterior.
En los días siguientes, se hicieron varias reuniones de condominio. Efectivamente, teníamos un pirómano entre nosotros. Y hubo otros tentativos de incendio. Por suerte, nada tan grave como aquella noche. Se contrató un guardia que recorría los pisos de noche. Pero por varias semanas no se logró a atrapar al culpable. Después del pánico, el misterio. ¡Esto ya parecía un guión cinematográfico!
Finalmente, un mes después, se sorprendió en el acto a un joven del piso cuatro. Todos lo conocíamos. Era un muchacho tranquilo que cursaba el ultimo año de la Carrera de Derecho. Parecía, absolutamente normal. Sin embargo, tenía varios trastornos mentales. Motivo por el cual no se le pudo procesar. Los padres se lo llevaron de vuelta al sur. Y nunca más supimos de él.
Finalmente salí de mi caparazón. Bostezando, abrí los ojos. Pero nada. Una extraña neblina impedía mi visón. Unos cuantos segundos bastaron para darme cuenta que esto no era efecto de mi cansancio, era humo. Mucho humo. Pablo, mi hermano, ya estaba vestido. Con la chaqueta a medio poner y el celular en mano, abrió las ventanas de par en par, dejando entrar un aire gélido que acabó definitivamente con todo mi sueño. Miré la hora, eran las tres de la madrugada. “¡Vístete!”, insistió Pablo y luego salió de la pieza.
Me asomé por el pasillo que estaba aun más lleno de humo. Mi madre permanecía en la puerta de calle, junto a varios vecinos. Eran muchas voces hablando al unísono. Voces agitadas. Cuyas acotaciones empezaban a inquietarme.
Tomé lo que estaba más a mano. Unos jeans, una polera, una chaqueta gruesa, las zapatillas y mis anteojos. El sonido de una sirena alivió mi inquietud. “Ya llegaron los bomberos”, pensé. Pero los comentarios seguían. Me acerque a la puerta. Mi madre aun estaba en bata, como también muchos vecinos.
Pablo había abierto todas las ventanas, lo que logró reducir en parte la nebulosa de humo que minuto a minuto parecía crecer. Ciertamente había sido un error abrir la puerta. Y aun más, mantenerla en este estado. Lo aprendido en el “Curso Municipal de Psicología de la Emergencia”, en el que todos (los de la Torre) participamos, ahora parecía olvidado. Ahí, estaban “los alumnos”. Sin vestirse, gritando, asomándose por las escaleras (algunos hasta bajaron para ver el incendio más de cerca) y respirando humo. Tosían, cada vez más, pero permanecían en el lugar.
“¡Mamá, entra! Ven a vestirte”, grité desde la puerta. Esta vez, era ella quien parecía no escucharme. Los comentarios de la gente hablaban de un incendio en el piso nueve (nosotros estamos en el quince). Todo parecía haberse originado en el chat de la basura.
“¿Y Pablo?”, pregunté al no verlo por ningún lado. En ese mismo instante, apareció en las escaleras. Venía desde abajo con una toalla húmeda en la boca. Todos lo miraban como esperando una sentencia de su parte. Pero no hubo sentencia, solo un consejo práctico (lo que finalmente también era un tipo de sentencia). “¡Vuelvan a sus departamentos, pongan toallas mojadas bajo la puerta y abran las ventanas!” Su firmeza y seriedad, logró la dispersión de esa ruidosa, inútil y peligrosa aglomeración que se había formado en el entre piso. Cuyos gritos y comentarios habían logrado agitarme.
Corrí a mojar varias toallas. Y pensé que la opción de permanecer en nuestros hogares, solo podía significar que el incendio no era menor. Todo esto parecía ser un sueño. O más bien una pesadilla. Sin embargo, estaba despierta. A pesar de la hora, ¡estaba despierta!
“¿Qué esperas? ¡Pone las toallas bajo la puerta!” me gritó mi hermano. Visto y considerado, que permanecía quieta a mitad del pasillo con las toallas en la mano. Un extraño sopor se había apoderado de mí. Me movía como zombi. No lograba acelerar mis actos y no entendía porque. Ahora sé, que esa actitud incoherente respondía a un sentimiento interior que minuto a minuto aumentaba dentro de mí. Era miedo.
Obedecía las instrucciones de mi hermano mecánicamente. Con una calma aparente que chocaba con la fría racionalidad de Pablo (será porque es médico) y la evidente agitación de mi madre. Quien aun a medio vestir corría de un lado a otro, buscando no sé que. Atropellando muebles y botando objetos por donde pasaba. Ambas ignorábamos la magnitud del incendio. Solo mi hermano lo había visto, pero no nos dijo nada. Solo cumplía con las lógicas precauciones que también nosotros conocíamos “teóricamente”. El problema era poner en práctica aquel conocimiento.
“¡Y pensar que con mi madre, fuimos una de las mejores alumnas en el curso de Psicología de la Emergencia!”, pensé. Y esto produjo una cierta risa de mi parte, que llamó la atención de los demás. Sus miradas sorprendidas, lejos de interrumpir mi risa, parecían aumentar su intensidad. Luego, mi mamá me abrazó. Y poco la vez, mi risa se fue sosegando. Ahora, solo teníamos que esperar.
De pronto, sentimos la voz de un bombero que golpeando las puertas piso a piso, nos informaba que el incendio había sido apagado. Nos miramos aliviados. Mi hermano abrió la puerta con cuidado. Y poco a la vez se formó una nueva aglomeración, está vez más tranquila. Sin embargo, la calma duró solo unos cuantos minutos. Desde abajo una voz amplificada por el uso de un megáfono, nos incitaba a bajar.
“¡Hay que evacuar la torre!”, repetía un bombero, en cada piso, sin más explicación. “¿Porque si está todo apagado?”, fue la pregunta unánime de los vecinos. Su respuesta fue aun más inquietante que el mismo incendio. “El siniestro fue intencional. Hay un “loco” dando vuelta. Y creemos que aun está en la torre. Podría provocar otro incendio. ¡Por lo tanto es mejor salir!” En ese mismo momento, la luz se cortó en todo el edificio.
“¿Y ahora? ¿Qué pasa?”, preguntó alguien con voz afligida. “Es para evitar que el “tipo” se mueva con facilidad”, explicó al parecer el mismo bombero. “Busquen linternas y bajen con calma” dijo. Luego el silencio. Y la oscuridad total.
“¿Dónde está la linterna?”, preguntó mi madre. “Está mala”, respondí. “¿Y cómo vamos a bajar 15 pisos a oscuras?” exclamó agitada mi madre. “No importa. ¡Vamos!”, dijo mi hermano. A punto de salir, recordé que tenía una linterna pequeñita (en realidad era un llavero). Regresé a mi pieza y busque la dichosa linterna. Todo lo hice con mucha tranquilidad. Un nuevo sopor, aun más intenso y agobiante gobernaba mis actos.
Salimos. Y junto a una larga “procesión” de voces sin rostros, empezamos a bajar cuidadosamente. Yo iba adelante, tratando de iluminar lo que fuera posible. Mi madre, sostenida por mi hermano, bajaba con paso incierto. Varios se apegaron a nosotros, atraídos por la pequeña fuente de luz. Mientras tanto, una frase rondaba insistentemente en mi cabeza. “¡Esto no puede sucederme a mí!”, pensaba. Y esta absurda certeza bastaba para tranquilizarme por algunos instantes.
La inexplicable capacidad de todo ser humano de sentirse por encima de las calamidades, (que siempre son ajenas, lejanas o pura ficción cinematográfica), es lo que logró en mí, un cierto grado de calma al iniciar ese descenso. Sin embargo, el camino por recorrer era largo. Casi infinito. Los 15 pisos parecían haberse triplicado.
Al llegar al piso nueve, donde había sido el incendio, lógicamente no logré a ver nada (y creo que ese momento fue mejor así), pero sentía que estaba pisando tierra y cenizas.
Como siempre sucede en estos casos, la gente estando en grupo se contagia mutuamente sus temores. El miedo se apodera de la masa. Y va creciendo como una bola de nieve alimentada por absurdas conjeturas y arranques de pánico. Bastó que alguien dijera que había visto un tipo raro en el chat del gas, para que alguien más, agregara la fatídica condena. “¡Es el pirómano, si hace algo con el gas va explotar todo!” Frente a esta amenaza latente, la gente empezó a acelerar el paso. Me atropellaron varias veces. Para no caer, me arrimé a la muralla sujetándome con fuerza. Sin darme cuenta, había apagado la linterna. La verdad es que ya no servía a mucho. La gente enceguecida por el miedo, no se percataba de la real y total oscuridad que la rodeaba.
Escuché la voz de mi madre que me llamaba. Al parecer, se habían adelantado sin darse cuenta. “Estoy bien, voy bajando”, respondí con un hilo de voz, ciertamente insuficiente para llegar a sus oídos. Sus voces se hicieron cada vez más lejanas. Y de un momento a otro, todo fue silencio y oscuridad entorno a mí.
Entonces, quise moverme. Pero no podía dar ni un paso. Estaba totalmente paralizada. No sentía mis piernas. Creo, que hasta encendí la linterna y apuntado hacia abajo quise cerciorarme que aun tenia las extremidades. Vi como temblaban. Y no podía detenerlas. Ni menos avanzar. Un bombero o un policía pasó a mi lado. Lo intuí por el ruidoso radiotransmisor que llevaba. Pero no me vio. Y yo no pude hablar.
Recordaba los comentarios de la gente. “¡El pirómano está aun en la torre! ¡Todo esto podría explotar de un momento a otro!”. Y yo no podía moverme.
Tal vez, fueron solo algunos minutos. O segundos. Pero para mí, fueron instantes interminables. Hasta que sentí alguien que me tomaba del brazo y con firmeza, casi arrastrándome, me llevaba hacia abajo. Unos cuantos pisos y una luz potente nos impactó de frente. Al salir del edificio, pude constatar que era mi hermano quien había regresado a buscarme. Mi madre nos esperaba a la salida.
Como hacia mucho frío, nos fuimos al auto que estaba a una cuadra. Me recosté en el asiento posterior. Y poco a la vez, fui recobrando la calma. Mientras tanto, mi hermano iba y venia. Nos contaba que habían llegado algunos periodistas. De Chilevisión y Mega, sino recuerdo mal. Mi madre sentada en el asiento delantero trataba de comunicarse por celular con mi tía, para pedirle hospitalidad por esa noche. No tenia ninguna intención de regresar al departamento. Escuchando sus voces me quedé dormida. Cansada, agotada después de tantas emociones fuertes.
Cuando desperté, ya íbamos camino a Ñuñoa, donde vive mi tía. Aquí, pasamos la noche. O mejor dicho la mañana. Al despertar aun no podía creer lo que había sucedido. Todo parecía haber sido una pesadilla. Pero no estaba en mi cama. Estaba en otra casa. Y esto confirmaba lo real de la noche anterior.
En los días siguientes, se hicieron varias reuniones de condominio. Efectivamente, teníamos un pirómano entre nosotros. Y hubo otros tentativos de incendio. Por suerte, nada tan grave como aquella noche. Se contrató un guardia que recorría los pisos de noche. Pero por varias semanas no se logró a atrapar al culpable. Después del pánico, el misterio. ¡Esto ya parecía un guión cinematográfico!
Finalmente, un mes después, se sorprendió en el acto a un joven del piso cuatro. Todos lo conocíamos. Era un muchacho tranquilo que cursaba el ultimo año de la Carrera de Derecho. Parecía, absolutamente normal. Sin embargo, tenía varios trastornos mentales. Motivo por el cual no se le pudo procesar. Los padres se lo llevaron de vuelta al sur. Y nunca más supimos de él.