Noviembre, año 2000. Diez de la mañana. Un día asoleado, pero agradable. Adapto para mi primer paseo por las calles del centro capitalino, a unas pocas semanas de mi regreso a Chile. Mi prima acepta ser mi guía y risueña me dice “¡hoy conocerás las micros chilenas!” “¿Y, que?” pienso. Ciertamente no podía imaginar lo que me esperaba.
La primera sorpresa fue tener que subir por la puerta delantera, para pagar mi boleto al mismo conductor. Nada de maquinitas ni un “contralor” como estaba acostumbrada en Italia. “Bueno después de todo no parece una gran novedad”, me dije “estamos en otro país”. Luego al avanzar en busca de un lugar (asientos ya no quedaban), mi prima con tono perentorio me dice “afírmate”. Subvalorando su advertencia, no hago caso. “Afírmate” repite ella. La miro impaciente. “¡Pareces mi mamá!” exclamo sarcástica. Mi prima insiste, pero ya es tarde. La micro parte, sacudiéndome como muñeca de trapo. Y me encuentro en brazos de un señor anciano. Quien me mira con la generosa resignación de quien padece un dolor sin emitir queja alguna. Su “heroísmo” no aminora mi vergüenza, sobre todo porque no podía levantarme. La micro corría desenfrenada. “¿Qué es esto?” No sé bien si lo dije o lo pensé. Lo cierto es que trataba de alcanzar algo o alguien que me ayudara a liberar al pobre caballero de mi peso sobre sus frágiles rodillas. La mano de mi prima me puso de pié, en un precario equilibrio, pero siempre más digno que mi situación anterior. “¿Pero que es esto?” pregunto. “Es la micro, simplemente una micro!” sentencia mi improvisada pero sabia guía, cuyas advertencias no quise escuchar. No podía creerlo, ¡una micro echando carrera!. Sí, eso era: una carrera. Y no solo por la velocidad, sino por su manera de esquivar y superar otras micros, autos o cualquier cosa y persona que se pusiera en su camino.
Pero yo no me había subido a un “auto de formula 1”. No tenía casco ni cinturón de seguridad. Solo mis manos resbalosas por el sudor (no sé si por el calor o por el susto). Caí otras (¿o fueron más?) tres veces en las rodillas del mismo caballero, quien ya no emitía ningún sonido en respuesta a mis inútiles disculpas. Por suerte se liberó un asiento. No dudé en lanzarme sobre ese “bote salvavidas” que la vida me ofrecía. En este estado de aparente estabilidad, pude finalmente observar la variopinta decoración de este singular medio de transporte: vistosos artefactos colgando alrededor del conductor, además de adhesivos de todo tipo, desde esculturales niñas en bikini pasando por algún líder político para finalizar con la imagen de Santa Teresita de los Andes.
Y ni hablar de las puertas abiertas con varios escolares colgando. Se reían y bromeaban como si se tratara del juego más divertido de Fantasilandia. Y como último toque, la radio a todo volumen emite la canción del momento “Yo no fui” de Pedro Fernández. De esta forma, la canción mexicana se vuelve la banda sonora de mi primer acercamiento a la inconfundible idiosincrasia chilena. “¿Es siempre así?” le pregunto a mi prima que se entretiene observando mi asombro. “Esto no es nada, ¡deberías ver en la mañana temprano!” me dice.
Alguien quiere bajar por la puerta trasera. Grita, pero el conductor no escucha. Gritan todos, pero él no escucha ¿Y el timbre? Será este cordón que atraviesa la micro. Lo tiro. Pero no emite sonido. O tal vez si. Lo cierto es que con esa radio a todo volumen es imposible que escuche. Los gritos, desde el fondo se vuelven más insistentes. Llegan algunos garabatos. Pero el conductor parece obsesionado en su carrera. Un certero frenazo aquieta la animosidad de los pasajeros. Por algunos instantes se escucha solo la voz de Pedro Fernández con su “yo no fui”.
La primera sorpresa fue tener que subir por la puerta delantera, para pagar mi boleto al mismo conductor. Nada de maquinitas ni un “contralor” como estaba acostumbrada en Italia. “Bueno después de todo no parece una gran novedad”, me dije “estamos en otro país”. Luego al avanzar en busca de un lugar (asientos ya no quedaban), mi prima con tono perentorio me dice “afírmate”. Subvalorando su advertencia, no hago caso. “Afírmate” repite ella. La miro impaciente. “¡Pareces mi mamá!” exclamo sarcástica. Mi prima insiste, pero ya es tarde. La micro parte, sacudiéndome como muñeca de trapo. Y me encuentro en brazos de un señor anciano. Quien me mira con la generosa resignación de quien padece un dolor sin emitir queja alguna. Su “heroísmo” no aminora mi vergüenza, sobre todo porque no podía levantarme. La micro corría desenfrenada. “¿Qué es esto?” No sé bien si lo dije o lo pensé. Lo cierto es que trataba de alcanzar algo o alguien que me ayudara a liberar al pobre caballero de mi peso sobre sus frágiles rodillas. La mano de mi prima me puso de pié, en un precario equilibrio, pero siempre más digno que mi situación anterior. “¿Pero que es esto?” pregunto. “Es la micro, simplemente una micro!” sentencia mi improvisada pero sabia guía, cuyas advertencias no quise escuchar. No podía creerlo, ¡una micro echando carrera!. Sí, eso era: una carrera. Y no solo por la velocidad, sino por su manera de esquivar y superar otras micros, autos o cualquier cosa y persona que se pusiera en su camino.
Pero yo no me había subido a un “auto de formula 1”. No tenía casco ni cinturón de seguridad. Solo mis manos resbalosas por el sudor (no sé si por el calor o por el susto). Caí otras (¿o fueron más?) tres veces en las rodillas del mismo caballero, quien ya no emitía ningún sonido en respuesta a mis inútiles disculpas. Por suerte se liberó un asiento. No dudé en lanzarme sobre ese “bote salvavidas” que la vida me ofrecía. En este estado de aparente estabilidad, pude finalmente observar la variopinta decoración de este singular medio de transporte: vistosos artefactos colgando alrededor del conductor, además de adhesivos de todo tipo, desde esculturales niñas en bikini pasando por algún líder político para finalizar con la imagen de Santa Teresita de los Andes.
Y ni hablar de las puertas abiertas con varios escolares colgando. Se reían y bromeaban como si se tratara del juego más divertido de Fantasilandia. Y como último toque, la radio a todo volumen emite la canción del momento “Yo no fui” de Pedro Fernández. De esta forma, la canción mexicana se vuelve la banda sonora de mi primer acercamiento a la inconfundible idiosincrasia chilena. “¿Es siempre así?” le pregunto a mi prima que se entretiene observando mi asombro. “Esto no es nada, ¡deberías ver en la mañana temprano!” me dice.
Alguien quiere bajar por la puerta trasera. Grita, pero el conductor no escucha. Gritan todos, pero él no escucha ¿Y el timbre? Será este cordón que atraviesa la micro. Lo tiro. Pero no emite sonido. O tal vez si. Lo cierto es que con esa radio a todo volumen es imposible que escuche. Los gritos, desde el fondo se vuelven más insistentes. Llegan algunos garabatos. Pero el conductor parece obsesionado en su carrera. Un certero frenazo aquieta la animosidad de los pasajeros. Por algunos instantes se escucha solo la voz de Pedro Fernández con su “yo no fui”.
La pausa es breve, porque en ese momento sube un joven que grita palabras a gran velocidad que yo no entiendo. Pienso que se trata de un loco. Evito mirarlo. “¿Quieres un helado?” me pregunta mi prima. La miro con cara de “¿¡te parece el momento!?”. Con un gesto llama al chiquillo (¿el loquito?), mientras yo entiendo cada vez menos. Éste extrae unos helados de una caja de cartón y mi prima le pasa algunas monedas. Entiendo que era un simple vendedor de helados, pero ¿qué decía?” “Los sabores nada más, la variedad de helados que tiene: chirimoya, moracrema, chocolito, cremino, piñadoble etc.” me explica mientras yo recibo mi helado.
“Ya nos vamos a bajar” me dice. “Baja rápido apenas él frene porque parten altiro, sobre todo por que pagué con el pase escolar...”. No entiendo a que se refiere, pero esta vez obedezco y salgo lo más rápido posible de ese manicomio ambulante. Al tocar tierra firme, exclamo prontamente “¡no me subo más a una micro!” “Te vas acostumbrar” exclama con benevolencia mi prima
Dicho y echo. Será por la capacidad de adaptación que tiene todo ser humano. Pero de una u otra manera me acostumbré. Sin dejar de reclamar por lo cierto, después de todo soy chilena. Y como todos mis coterráneos siempre debo reclamar por algo.
Noviembre, año 2005. Diez de la mañana. Subo a una micro. Pero, ¿qué pasa? Logro caminar sin perder el equilibrio. El timbre funciona. Y el conductor no me miró feo porque pagué con el pase universitario. No puedo creerlo... ¡Es el Transantiago!
Los pasajeros se quejan de la lentitud y los pocos asientos. Mientras tanto yo recuerdo con nostalgia los vendedores de helados, confites, aspirinas, llaveros etc. ¿Es posible que todo esto desaparezca a partir del 2006?
El bullicio, los gritos para poder bajar por la puerta trasera, la música a todo volumen y esa velocidad que te hacia llegar rapidito (al cementerio dirían algunos malpensados). ¿Cómo voy a renunciar a los “pide monedas” con su clásico “damas y caballeros nuestra intención no es molestarlos...” ? Recuerdo mi banda sonora “Yo no fui”... Yo no fui quien reclamó. Yo nunca dije nada contra los choferes y sus carreras. Nooo. ¡ Yo no fui!
“Ya nos vamos a bajar” me dice. “Baja rápido apenas él frene porque parten altiro, sobre todo por que pagué con el pase escolar...”. No entiendo a que se refiere, pero esta vez obedezco y salgo lo más rápido posible de ese manicomio ambulante. Al tocar tierra firme, exclamo prontamente “¡no me subo más a una micro!” “Te vas acostumbrar” exclama con benevolencia mi prima
Dicho y echo. Será por la capacidad de adaptación que tiene todo ser humano. Pero de una u otra manera me acostumbré. Sin dejar de reclamar por lo cierto, después de todo soy chilena. Y como todos mis coterráneos siempre debo reclamar por algo.
Noviembre, año 2005. Diez de la mañana. Subo a una micro. Pero, ¿qué pasa? Logro caminar sin perder el equilibrio. El timbre funciona. Y el conductor no me miró feo porque pagué con el pase universitario. No puedo creerlo... ¡Es el Transantiago!
Los pasajeros se quejan de la lentitud y los pocos asientos. Mientras tanto yo recuerdo con nostalgia los vendedores de helados, confites, aspirinas, llaveros etc. ¿Es posible que todo esto desaparezca a partir del 2006?
El bullicio, los gritos para poder bajar por la puerta trasera, la música a todo volumen y esa velocidad que te hacia llegar rapidito (al cementerio dirían algunos malpensados). ¿Cómo voy a renunciar a los “pide monedas” con su clásico “damas y caballeros nuestra intención no es molestarlos...” ? Recuerdo mi banda sonora “Yo no fui”... Yo no fui quien reclamó. Yo nunca dije nada contra los choferes y sus carreras. Nooo. ¡ Yo no fui!