24 de agosto de 2007

LO VIVIDO SIEMPRE QUEDA

En un primer momento, creí que sería fácil relatar una despedida. Elegir una entre tantas. Recordar lugares, personas, etapas de una existencia que al igual que otras, está construida sobre la base de infinitos cambios, separaciones y despedidas.
Lejos de ser algo sencillo, recordar cada “borrón y cuenta nueva” implica volver a escribir sobre lo borrado. Volver a vivir lo aparentemente olvidado. Y darse cuenta que los “borrones” de la vida son siempre parciales. Y muy mal hechos. Todo lo vivido siempre queda. Nada se borra por completo.
Sin embargo, todos recordamos una o varias despedidas que han marcado nuestra vida. Seguros de que algo (o todo) cambió a partir de ese instante, nos esforzamos por mantener nexos (concretos o virtuales) con lo que pretendemos dejar atrás. Fotografías, boletos de tren, avión o incluso los de una micro. Titulares de diario y revistas. Una canción. Un perfume. O cierta ropa que ya no usamos, pero que guardamos como reliquia de valor incalculable. Es el valor del recuerdo.
Como todo rito humano, el despedirse conlleva sus propias contradicciones: la separación y el olvido por un lado y el recuerdo que agudiza los lazos afectivos, por el otro. Sin embargo, necesitamos despedirnos. Necesitamos interactuar una y otra vez en base a “guiones rituales” socialmente reconocidos. Muchas veces, el escenario es el mismo. También los actores se repiten. Pero un recuerdo nunca es igual a otro. Porque cada despedida con toda su carga emocional es única e irrepetible.
Así lo sentí ese 19 de octubre del año 2000. Día en el que, junto a mi madre subí al avión que me traería de regreso a Chile, después de casi veinte años. No fue una separación traumática. Todo se dio con la máxima tranquilidad de mi parte. Hecho que no dejaba de sorprender a las personas que me acompañaban, en los momentos previos a la partida.
La inamovible decisión de regresar a Chile, había provocado más de una fractura generacional en nuestra familia. Mi oposición siempre había sido total y sin derecho a apelaciones. Pero algo había cambiado en los últimos meses. Una serie de eventos dolorosos habían abatido mi irracional coraza defensiva. Y ahora estaba en el aeropuerto de Roma, decidida a dar un corte radical a mi existencia. Un real y total borrón y cuenta nueva. Al menos eso parecía ser. Pero no lo era. Como en el mejor de los ritos, estaba fingiendo.
Todos percibían ese viaje como algo definitivo. Como el “final” feliz de una larga y triste teleserie. Para mi madre así fue. Ese día, se cerraba un capitulo oscuro de su vida. Sin embargo, lloraba. Parecía no querer dejar aquello que por tantos años había despreciado. Ese era su propio rito. Su propia despedida. Sus propias emociones y contradicciones.
Por mi parte, todo eso era solo algo momentáneo. No deseaba dar vuelta la pagina. Italia era todo mi mundo. el único que conocía. Y no podía imaginar mi futuro en un lugar ajeno. Pese a esto, deseaba conocer la tierra que me vio nacer. Un par de años bastarían, para satisfacer mi curiosidad. No más. Luego regresaría a “mi país”, Italia.
Esta certeza inhibió toda posible emoción de mi parte. No supe valorar el momento. No supe interpretar mi papel, en ese rito único e irrepetible.
Hoy sé que aquel día de octubre, aun sin ser consciente de aquello, di vuelta la pagina.
No conservo “reliquias” de aquel día. Solo unas cuantas fotografías que me han enviado mis amigas desde Italia. No recuerdo una canción, ni un perfume especial. Todo resulta tan confuso como si fuera un sueño o la esforzada memoria de otra vida. Y tal vez eso fue, otra vida. De la cual sin embargo, nunca podré desprenderme por completo.
Es verdad que di vuelta la pagina. Pero siempre existe la opción de regresar, borrar y volver a empezar. Aun cuando, se trate de un borrado mal hecho o de un rito sin guión. Lo vivido siempre queda.
Porque imborrable, permanente y eterno, es el recuerdo que no admite despedidas.