24 de diciembre de 2007

UN OLVIDO QUE MATA

En el marco de nuestras actividades de voluntariado y solidaridad, los jóvenes de la “Fundación Italiana Insieme” visitamos el “Hogar de Ancianas Nuestra Señora de las Mercedes”. El encuentro fue fijado a las 16.30 del día sábado 19 de noviembre, siendo esta una oportunidad de acercamiento al hogar y una ocasión para compartir y conocer las dieciocho señoras que viven actualmente en la casa de reposo.
Con cierto nerviosismo y emoción nos presentamos a la hora establecida, conscientes que en este encuentro se gestarían las bases de lo que nosotros anhelamos sea una extensa y efectiva labor social. Fuimos acogidos amablemente por la “pequeña” señora Gabriela, quien además no ayudó a preparar la once, repartiendo pan, galletas y torta entre las señoras que poco a la vez iban llegado al comedor. Ella misma nos informó que varias señoras estaban enfermas en la cama debido a una indigestión causada por el almuerzo del día anterior.
Hablamos con la encargada, la señora Rosa, para que nos fuera permitido visitarlas y llevarles algo en sus habitaciones. Finalmente decidimos que debíamos ser solo mujeres las que irían a las piezas, dejando los jóvenes con las señoras en el comedor. Evitando así, que las enfermas se pudieran sentir incomodas ante una presencia masculina en la intimidad de sus habitaciones.
Por su parte las señoras que llegaron al comedor, conversaron, se rieron y cantaron con los jóvenes que para la ocasión habían preparado varias canciones populares como “Yo vendo unos ojos negros”, “Cielito lindo”, “Si vas para Chile”, etc. Canciones que todas ellas conocían y no dudaron en cantar. Incluso hubo quien quiso bailar, mientras las otras aplaudían entusiastas.
Muy distinto fue el encuentro con las señoras enfermas, situación que nos permitió observar y constatar la soledad en la que viven estas madres, abuelas, tías y madrinas, cuyos hijos, nietos, sobrinos y ahijados parecen haber olvidado.
La señora Greta nos recibió con una gran sonrisa a pesar de estar en la cama. Nos contó que a ella le decían “la regalona”. ¿Por qué? Le preguntamos y orgullosa nos contó “así me dicen porque mis hijos me vienen a ver una vez al mes, ¡a las demás no las visitan tan seguido!”. Era evidente que se sentía feliz por “tanta consideración”, frente a lo cual lo mejor fue alegrarse junto a ella, avalando su ingrata ilusión.
Conversar con la señora Wanda fue más complicado. Se limitó a agradecer los obsequios con la puerta medio abierta y sin dejarnos pasar. No insistimos y seguimos en nuestra “ronda de visitas”.
Luego conversamos con la señora Alicia, quien habló peste de todas las personas de la pensión. Parecía estar enojada con el mundo entero, sin embargo en sus arrebatos de rabia nunca mencionó a sus hijos. Cuando finalmente nos habló de ellos sus palabras fueron solo de cariño y admiración, “son todos unos profesionales de éxito y con mucho dinero”, nos dijo enfatizando lo de “mucho dinero”. Sin embargo, su habitación no reflejaba la opulencia de la cual hablaba (y en general el hogar no es para gente adinerada): una cama estrecha, un ropero en malas condiciones, una estufa a gas y un pequeño televisor parecen ser toda “su riqueza”. Volviendo a su “pelambre”, la señora Alicia nos cuenta que “la Wanda se cree de sangre azul, desde que llegó no ha querido hablar con nadie. Espera que las demás salgan para ir al comedor y se levanta temprano para usar la lavadora (común) antes de las demás y para no tener que compartir con nadie. ¡Está loca!” sentencia, mirando hacia la habitación que permanece herméticamente cerrada.
Más adelante conocemos a la señora Gladys, que es la más viejita y está muy enferma. Apenas puede hablar, pero nos cuenta que ayer en la noche la llevaron a la Posta Central porque estuvo realmente mal. Le preguntamos si avisaron a sus parientes. Suspira, y levantando los hombros con el esfuerzo de quien lleva un gran peso en sus frágiles espaldas, murmura “¡no están niahí conmigo!”.
Al terminar nuestra ronda volvemos al comedor, aquí se respira una gran alegría. Las señoras no dejan de cantar junto a los jóvenes. Pero yo pienso en la señora Wanda y vuelvo hacia su habitación. Está abierta, pero ella no está. La busco. Finalmente la encuentro sentada en el patio, dándole de comer a unos gatos. Al verme, prontamente exclama “aquí nadie le da de comer a estos pobres. No sé que va ser de ellos cuando me vaya. Porque yo estoy aquí “de pasadita”. Mi hijo se fue a Buenos Aires y va a venir por mí en unos días. Se fue antes con su esposa para preparar todo. Los niños también se fueron. Quedo solo yo”. Me acerco. Y ella prosigue “él sabe que yo soy exigente, entonces quiere que esté todo listo y perfecto para cuando yo llegue. Todo listo” repite una y otra vez “todo listo”. Luego me agradece el dulce que le entregamos anteriormente y se despide.
Los demás me buscan, es hora de irnos. Le cuento a la señora Rosa mi conversación con la señora Wanda. “Tu y yo somos las únicas con las que ha hablado. Y conmigo tuvo que hacerlo por ser la encargada del hogar” me dice. Luego agrega “en cuanto a lo de su hijo es más de un año que dice lo mismo. Su hermana que la viene a ver de vez en cuando me dijo que el hijo se fue a Buenos Aires hace más de siete años y nunca ha escrito”.
Las señoras que entusiastas compartieron con nosotros en el comedor, al despedirnos parecen haber perdido toda la alegría de antes. Se despiden y cada cual se retira en su habitación.
Al salir del hogar, caminamos por varias cuadras en silencio. “Soy la regalona. Mis hijos me vienen a ver una vez al mes...”; “Son todos unos profesionales de éxito y con mucho dinero”; “¡No están niahí conmigo!”; “Mi hijo se fue a Buenos Aires y va a venir por mí en unos días...”. Lo que había escuchado esa tarde en el hogar volvía una y otra vez a mi mente, mientras caminaba hacia el bullicio de centro capitalino. Un bullicio ajeno al silencio de esas habitaciones, un bullicio que te hace olvidar. Y sin saberlo eres cómplice de la indiferencia, del abandono, de un olvido que mata.